LA SOCIEDAD ANÓNIMA
Venimos asistiendo a una progresiva expansión del anonimato. Las decisiones importantes, que antes tomaban algunos seres humanos con nombre y apellido, hoy las deciden abstractas entidades impersonales. Cuando los revolucionarios franceses cortaron la cabeza a Luis XVI, cayó con ella una importante encarnación del poder; los -impensables- revolucionarios de hoy no encontrarían ninguna cabeza para cortar. El poder -Foucault dixit- no se posee, se ejerce, y nunca como hoy este ejercicio resultó tan difuso: innumerables centros de decisión constituyen una trama tan poderosa como inasible. Algo parecido sucede con el saber: ya no habita en las mentes de los sabios sino en innumerables bancos de datos que dialogan entre si, de modo que el sabio que maneja un enorme cúmulo de información se convierte en ignorante al día siguiente de haber perdido su puesto o de haberse estropeado su ordenador.
Los titulares políticos del poder encuentran ante si un campo muy restringido de decisiones. El tan comentado acercamiento de posturas entre la derecha y la izquierda no se debe tanto a las opciones personales de los políticos ni a la anunciada muerte de las ideologías cuanto al desplazamiento de las decisiones a campos ajenos a los Parlamentos y los Consejos de Ministros. Las fluctuaciones de la Bolsa y del mercado de divisas, las vicisitudes de la inflación, los ciclos económicos de expansión y recesión no dependen de leyes y decretos sino de una intricada red de causas tan difusas como las que estudia la meteorología.
Sin embargo, y paradójicamente, nunca el ciudadano de los países desarrollados ha tenido tantas opciones en su mano: desde las innumerables cadenas de televisión hasta la incesante oferta de bienes y servicios cada vez más personalizados: objetos de consumo, sistemas de telefonía, planes de pensiones, seguros médicos, tarjetas de crédito. Todo ello a la medida exacta de las necesidades cada uno, generando la ilusión de una construción autónoma de la propia vida que así parece escapar al imperio de lo anónimo.
Nada de esto es nuevo, por supuesto. Desde Max Weber a Marcuse se ha señalado como una de las características de los tiempos modernos el conflicto de lógicas contrapuestas entre lo público y lo privado, entre la eficiencia y el hedonismo, entre la libertad y el determinismo. Ni tampoco es exclusivo de nuestra época: nunca el poder fue propiedad de sus titulares ni faltaron al ciudadano algunos espacios de decisión individuales. Quizás la novedad radique en el nacimiento de un nuevo fundamentalismo que pretende conciliar el anonimato del poder y la autonomía del individuo, de tal modo que el poder pierda progresivamente su carácter represivo y llegue a compromisos cada vez más estables con el placer, escapando así de cualquier cuestionamiento. El artífice de esta nueva síntesis es el Mercado, así, con mayúscula. El Mercado ha trascendido los estrechos límites de su significado original, como el espacio en que se intercambian bienes y servicios, para convertirse en paradigma no sólo de la economía en su conjunto sino también de las relaciones humanas, aspirando incluso a desempeñar el papel de criterio ético universal.
Bajo el imperio del Mercado el poder abandona progresivamente la luz de la plaza pública, donde al menos los ciudadanos pueden asistir a la toma de decisiones, para refugiarse en multitud de despachos repartidos por todo el mundo, multiplicando exponencialmente el número de sus gestores y consiguiendo así un anonimato que lo convierte en incuestionable. Se puede discutir una ley del Parlamento, pero ¿ante quién podrían protestar los ciudadanos por una brusca caída de la cotización de su moneda o por los precios internacionales de los productos que exportan? La reducción del Estado que promueve el neoliberalismo está lejos de abrir nuevos espacios de libertad para el ciudadano de a pie: lo que hace es trasladar sus decisiones a manos de quienes no tienen que someterse periódicamente a los resultados de las urnas ni rendir cuentas de sus actos ante la opinión pública. De ahí que resulte abusiva la frecuente identificación del liberalismo y la democracia. Si por democracia entendemos la participación del pueblo en la vida pública, no parece que el creciente anonimato del poder sea compatible con la publicidad y la discusión de las decisiones políticas, así como con la responsabilidad de quienes las toman, condiciones indispensables para que el ciudadano tenga algún papel en la construcción del Estado. En su lugar, al hombre corriente se le ofrecen infinidad de micro decisiones, ninguna de las cuales es capaz de alterar el curso de la vida pública.
Todo esto no significa que el anonimato no tenga algunas ventajas. Así como el anonimato personal que asegura la vida en las grandes ciudades permite el desarrollo de muchas capacidades individuales que el rígido control social de las comunidades pequeñas tiende a reducir, el imperio de lo anónimo en la vida pública nos libra de las innumerables arbitrariedades y caprichos que trae consigo el acatamiento a poderes más personalizados. No cambiaría yo esta sociedad posmoderna por la sumisión a las veleidades despóticas de un monarca absolutista o de un dictador contemporáneo. Pero esto no implica desconocer las pretensiones de un Mercado que se postula como gestor de un nuevo absolutismo, esta vez globalizado, ante cuyas decisiones no cabe recurso alguno, ante todo porque no hay ante quién recurrir. Ni tampoco aceptar la falsa opción, frecuentemente preconizada por el pensamiento único, de que la única alternativa a esta hegemonía del Mercado consiste en la construcción de un Estado omnipotente que absorba las voluntades individuales. Habría que recordar la diferencia entre Estado y Sociedad, como así también que la sociedad anónima no es la única forma posible de sociedad. Pero este es otro tema.


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